lunes, 31 de agosto de 2009

Formar futbolistas es formar personas

Tengo la suerte de encontrarme entre esos afortunados que pueden disfrutar desde dentro y también como espectador en una competición deportiva de las sensaciones que transmite un deportista al margen de su actuación más o menos positiva. Es una forma apasionante de vivir los partidos ya que, no sólo puedes disfrutar del acontecimiento en sí, sino también observar la forma de actuar del deportista. Percibes actitudes que pueden dar lugar a superaciones de uno mismo o a hundimientos terribles. Se trata de una manera de vivir emociones más allá de una victoria o una derrota. A fin de cuentas jugar al fútbol en muchas ocasiones es una forma de ponerse a prueba, de ver de que modo te puedes superar a ti mismo. Este es el hábitat diario de todos los niños y niñas que practican el fútbol.
Cada semana se llenan páginas de periódicos, horas de radio, de televisión... narrando los acontecimientos que rodean a los futbolistas de primera división, reduciéndose al final a unos pocos de ellos. Sin embargo aquí en Málaga y más concretamente en nuestro pueblo, son cientos y cientos los chavales que se entrenan cada semana con sus equipos y en cambio no otorgamos a esa actividad la importancia que debiéramos. No se trata de que salgan en los medios de comunicación fueran los máximos. Estamos hablando de los futuros ciudadanos que formarán parte de nuestra sociedad y por lo tanto toda formación que pueda procurar una mayor calidad humana, capacidad de sacrificio, afán de superación, cultura del esfuerzo del día a día... repercutirá en una sociedad malagueña mucho más rica y prometedora. Con toda seguridad uno vive mucho más las actitudes y respuestas a las circunstancias de los chavales de fútbol base que las de los deportistas profesionales. La razón es muy simple y es que te das cuenta de que cada vivencia va directa a su formación como persona.
Durante este proceso de aprendizaje deportivo que tiene como protagonista principal a todos estos chavales existen otros dos elementos básicos que son el entrenador y la familia. Curiosamente esos dos elementos suelen huir uno del otro, sin tener ambos en muchas ocasiones la suficiente humildad para buscar ese objetivo común que es la formación del chaval. Para los entrenadores muchos de los padres son agentes nocivos y para estos últimos los entrenadores no valoran ni cuidan a sus hijos. Lo curioso, y en eso coincidiremos todos, es que en el inicio a un entrenador lo que le mueve a ejercer esa labor es una vocación y los padres buscan que su hijo desarrolle una actividad que le haga feliz. Buenos propósitos que el tiempo poco a poco va diluyendo fruto del desgaste y el desengaño. Unos malos padres minan la capacidad de un entrenador, que muchos padres buenos no podrán compensar. Por eso es necesario que tengan una formación continua sobre todo en aspectos que el entrenamiento podría englobar. Ser padre es una labor que normalmente sólo te forma en el día a día, por lo que los errores suelen ser diarios, por ello, todo lo que incrementara la comunicación y la sinceridad con los entrenadores entraría dentro de la formación paterna y materna.
No debemos permitir que estos niños y niñas que practican lo que más les gusta, junto a sus amigos, aprendiendo cada día a ser un poco más ciudadanos de nuestra sociedad, pierdan esa alegría e ilusión con nuestras actitudes, ya seamos familiares, entrenadores o simplemente amigos, debemos centrar todo nuestro esfuerzo en apoyarlos en todo momento, animarlos a estar en constante proceso de autosuperación y de mejora de todas sus capacidades. Una vez leí unas líneas del entrenador Juanma Lillo que decía que "los futbolistas no son botes que hay que llenar, son unas llamas que hay que encender", y llevaba toda la razón del mundo, tan sólo apostillar que los chavales futbolistas no son botes que haya que llenar, sino llamas que los entrenadores han de saber encender y que conjuntamente con los padres deben procurar que nunca se apaguen.